Imagen etnobotánica de la lechuguilla: Intersección entre ciencia, arte y antropología
SEGUNDA PARTE
Por Faridy Bujaidar
El día del taller llegaron diez de catorce productores invitados. La mayoría bajó de la sierra una noche antes para asistir pues los caminos son accidentados y largos. Eligio bajó caminando desde El Algarín, lo que le implicó caminar en descenso por dos o tres horas. Cuando llegamos al salón ejidal, Conrado y Tavi se pusieron a barrer para recibir al resto de los invitados. Al iniciar, les dije que la intención era poder recabar fotografías de los agaves para poder enviarlo a un especialista, a cambio escuché sus preocupaciones.
Fotografía 1. Río de Batopilas visto desde la sierra que divide al municipio de Urique. Autoría propia.
Los productores resonaron en una preocupación común: la creciente escasez de las plantas. Su explotación sostenida a lo largo de los años y la depredación de otros mamíferos como la tuza y el topo, que han reducido significativamente su disponibilidad ecológica y algunos productores han agotado sus fronteras de cosecha. Ante este panorama, decidimos establecer acercamientos con la CONAFOR, orientados a atender la situación y explorar alternativas de manejo sostenible. Como parte de estas acciones, se han sembrado alrededor de 20,000 agaves provenientes de semillas locales germinadas en el vivero del ejido de Batopilas.
Iniciado el taller, Roberto trabajó con los
productores menores de 50 años y yo con los mayores, quienes no tenían
experiencia en el uso de teléfonos digitales e implicó otro grado de
dificultad, pues se negaban a tocar el celular por miedo a romperlo y tampoco querían
fotografiar a los jóvenes porque “no les gustan las fotos”, pero poco a poco se
fueron ablandando. Lázaro, por ejemplo, atendió atentamente las indicaciones de
Conrado, su hijo, y fue así como aprendió a tomar fotografías con el celular.
Para dar continuidad al taller, conformé un grupo de
WhatsApp denominado “Lechuguilleros”. A través de este espacio digital
fue posible interactuar con seis productores y con Cinthia Torres, esposa de
uno de ellos, quien también participa activamente en la elaboración de la
lechuguilla. En el grupo logramos integrar una base de datos con más de setenta
fotografías; no obstante, aún quedaba pendiente la participación de cuatro
productores de mayor edad, por lo que se programó un segundo viaje con el fin
de incorporarlos plenamente a la dinámica. La participación de los mayores fue
indispensable, pues ellos encarnan la experiencia más amplia en esta actividad:
sus ojos y su olfato están más entrenados, y en sus saberes resguardan tipos de
lechuguilla que ya no se producen, nombres que han dejado de pronunciarse y
conocimientos que corren el riesgo de perderse.
Fotografía 3. Lázaro Torres y José Ortiz durante la toma de fotografías para el taller. Autoría propia.
En este segundo viaje, Roberto se enfermó en Batopilas
así que salimos Don José Ortiz, Lázaro Torres, Gregorio Torres y yo rumbo al
vallecito (localidad de Batopilas) para que tomaran fotos con mi cámara.
Llevamos burritos y cocas para comer. Les entregué mi cámara, les dije con cual
botón se captura y dejé que entre ellos decidiera a qué plantas tomar, desde
dónde y el turno de cada uno. La pasamos bien. Este viaje fue particularmente
enriquecedor para mí, pues me tocó escucharlos: sobre sus familias, sus
intereses, las historias de sus travesías por la sierra, bromas y planes, platicaban
con amabilidad y humor.
Fotografía 4. Selfie durante la toma de fotografías. De izquierda a derecha: Faridy Bujaidar, Gregorio Torres, José Ortiz y Lázaro Torres.
Algunos meses después quedó lista la base de datos con
91 fotografías que registran el nombre coloquial de la planta, el rancho donde
se localiza, el tipo de suelo y su identificación. En este trabajo conté con el
apoyo y orientación del biólogo Matías Domínguez-Laso y del Dr. Adolfo
Rebolledo. Sin embargo, en la observación detenida de las fotografías fui
dándome cuenta de que las imágenes encriptaban una multiplicidad de saberes que
desbordan la simple lógica de una base de datos y fueron develándose como
elementos en una nueva apuesta metodológica que articula diversas dimensiones
de los sentidos humanos en la etnografía (Bujaidar 2025).
Las fotografías más allá de ser meros registros
visuales para obtener datos se manifestaron como testimonios de presencia y
formas de habitar el territorio. En ellas se aprecian las habilidades
corporales y sensoriales de los productores, que muestran cómo la percepción se
afina en la práctica artesanal y se convierte en conocimiento encarnado. Se
distinguen infraestructuras y herramientas que narran la historia de su
desarrollo tecnológico; la complejidad territorial reflejada en los paisajes;
la fermentación a cielo abierto; el acomodo del corazón de los agaves; los
cortes precisos de las pencas y los colores marrón que señalan el momento de su
capado. Cada fotografía está guiada por la mirada experta de sus autores,
profundamente arraigada en el territorio.
Fotografías 5 y 6. A la izquierda un chauí capado retratado por Tavi Torres. A la derecha una pila de fermentación a cielo abierto capturada por Leonardo Torres.
En el quehacer de los vinateros de Batopilas y sus
fotografías se manifiestan otras dimensiones significativas en un lenguaje
poético en que se manifiestan texturas, paisajes, ritmos, cuidados y afectos,
articulados a una lógica de producción sustentada en la conciencia del cambio
climático y la finitud de los recursos ambientales. En ellos recaen compromisos
éticos vinculados con la optimización de los recursos: agua, leña, plantas,
azúcares y levaduras deben emplearse de manera cuidadosa para obtener el mayor
rendimiento sin que la lechuguilla pierda su cuerpo y su fuerza, rasgos que le
otorgan identidad y que con gran nostalgia busca el público urbano.
Este quehacer de la lechuguilla en un contexto rural y
frágil se muestra distante de la fantasía capitalista que envuelve a las
grandes ciudades, donde se nos induce a pensar que el dinero puede comprarlo
todo. En cada fotografía se revelan rituales que resisten esa lógica mercantil,
recordándonos que el valor no se reduce a la transacción económica y es en esos
detalles que brota una nostalgia por lo natural que habita en el imaginario
urbano: un anhelo imposible de adquirir, pues lo que se busca es precisamente
aquello que no se compra: la relación con el territorio, la experiencia de la
naturaleza y la sincronía del cuerpo humano con su entorno. En este horizonte,
la lechuguilla se convierte en símbolo de una memoria que interpela la manera
en que concebimos el valor, la comunidad y la posibilidad de habitar el mundo
de otro modo.
Partiendo de estas reflexiones, hicimos una selección
Roberto y yo, y empezamos a hacer pruebas de impresión guiados por Mayra
Calvillo, artista gráfica y plástica. Roberto a la par, realizó un video
integrando tomas de él y de los productores, con guión escrito por mí y narrado
por la Dra. Ana Guadalupe Valenzuela Zapata. Posteriormente, en un encuentro
casual con la Dra. Angélica Chávez Blanco, entonces coordinadora del Festival
de Arte Nuevo (FAN) pudimos aterrizar las ideas y materializar nuestros
esfuerzos como propiamente una exposición fotográfica.
Fotografía 9. Pruebas de impresión. Autoría propia.
En general, el proceso de esta exposición implicó varios
niveles de dificultad: la gestión de recursos económicos, los trayectos por la
sierra, el reto de ganarme la confianza de los productores, la búsqueda de
aliados creativos y dispuestos, así como la articulación de todos los
esfuerzos. No obstante, estas dificultades abrieron nuevas oportunidades
metodológicas, en las que la etnografía generó vínculos más comprometidos
socialmente, integrando mi trabajo como investigadora con el propio problema de
estudio: el valor de las bebidas espirituosas de Chihuahua.
En este enfoque, la imaginación se reveló como una
dimensión central en la construcción del valor: una fuerza social que permite a
las personas proyectar mundos posibles, cuestionar lo establecido y generar
nuevas formas de relación (Graeber 2000). Al mismo tiempo, se sostuvo en la
confianza generada por la colaboración entre distintas personas; así, la labor
etnográfica se configuró como un ejercicio reflexivo que tiende puentes entre
las diversas formas humanas de habitar el mundo, resaltando la potencia de la
creatividad y del trabajo colectivo (Dietz 2011). Este proceso nos reconoció
como agentes activos en la co-constitución de conocimientos y realidades
mediante el diálogo, los acuerdos y las acciones conjuntas. En esa dinámica,
múltiples habilidades se desarrollaron en la práctica y en interacción
constante con materiales, paisajes y seres vivos (Ingold 2000; Graeber 2001).
A modo de cierre me interesa resaltar a la confianza eje
afectivo en la generación de espacios para el registro de la experiencia de
vida de los productores, posibilitando la co-construcción de conocimiento y el
ejercicio de un trabajo horizontal y dialógico desde diferentes espacios.
Gracias a ella fue posible transitar en los ires y venires de una red que se
fue ampliando con personas provenientes de distintos espacios y oficios,
quienes aportaron perspectivas diversas y enriquecieron el proceso. En este entramado,
la etnografía se consolidó como práctica compartida, capaz de articular conocimientos,
sentires, vínculos y esfuerzos, mostrando que el valor de la lechuguilla no reposa
únicamente en la bebida, sino en las relaciones de confianza y creatividad que
la sostienen y que le dan vida.
Fotografía 10. Faridy y Roberto antes de bajar la barranca antes del primer taller guiados por la curiosidad y el simple gusto de seguir compartiendo.
Referencias:
Bujaidar, F. (2025). Entre sotoles y lechuguillas
(Tesis doctoral en Antropología Social). Centro de Estudios Antropológicos, El
Colegio de Michoacán, A.C.
Dietz, Gunther. 2011. “Hacia una etnografía doblemente
reflexiva: Una propuesta desde la antropología de la interculturalidad.” AIBR.
Revista de Antropología Iberoamericana 6 (1): 3–26. Madrid: Asociación de
Antropólogos Iberoamericanos en Red.
Graeber, David. 2001. Toward an Anthropological
Theory of Value: The False Coin of Our Own Dreams. New York: Palgrave.
Ingold, Tim. 2000. The Perception of the
Environment: Essays on Livelihood, Dwelling and Skill. London: Routledge.
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